Pesimismo Ilustrado

“Lo vergonzoso no es nunca ignorar una cosa –eso es, por el contrario, lo natural–. Lo vergonzoso es no querer saberla...”. José Ortega y Gasset, citado por M.A.Denegri

viernes 27 de marzo de 2009

¿Queremos realmente cambiar?


Hace varios meses le hice una pregunta vía correo electrónico a Marco Aurelio Denegri (MAD). La duda me surgió a raíz de la lectura de su penúltimo libro titulado De esto y aquello, en el cual hay un artículo llamado Naturaleza y artificialeza en el ser humano. Textualmente la comunicación fue así:

En su libro De esto y aquello cuando se ocupa de la Naturaleza y artificialeza en el ser humano, en el epílogo consta lo siguiente:

“Comparto el sentir de la masonería según el cual el hombre es una construcción. Ahora bien: creo que para es construcción disponemos de 25 metros cuadrados, sólo de 25, porque los otros 75, del área total de 100, ya están construidos”.

Bien. Sin embargo, debido a que usted usa como una fuente importante el libro El hombre preprogramado de Irenaus Eibl-Eibesfeldt, quiero mencionarle lo que dice el autor en la página 84:

“…, en definitiva, tampoco tiene mucho sentido las apreciaciones cuantitativas destinadas a establecer qué porcentaje del comportamiento humano es innato y qué porcentaje es aprendido. Esa conjetura carece de toda base de relación racional”.

Si usted estima que este punto es importante, me permito preguntarle ¿Se pueden congeniar estas dos posturas?

Hasta allí la comunicación que le envíe a MAD para que pudiera absolverla a través de su programa televisivo. Él me respondió por ese medio pero también me envió un correo electrónico que en su esencia, como es razonable y adecuado, era lo mismo que dijo por la TV. En líneas generales este fue el mail:

"...me limito a enviarle copia de mi trabajo “¿Queremos realmente cambiar?” Creo que a estas alturas o en estas honduras me vería obligado a reducir la posible área de construcción a 10 metros cuadrados. Haber dicho –como dije– 25 metros cuadrados fue un exceso de optimismo".

Marco Aurelio Denegri



¿QUEREMOS REALMENTE CAMBIAR?

Ching Hai, la maestra taiwanesa que alcanzó la iluminación, según dicen, en el Himalaya y a quien se considera Buda viviente, está alborotando el cotarro espiritual –tanto en Oriente cuanto en Occidente– desde hace varios años, alrededor de veinte.
Su método, esencialmente búdico, exige, entre otras cosas, dieta vegetariana y ánimo enteramente positivo; hay que meditar, contemplar, reflexionar y querer la transformación espiritual o la iluminación o el gran cambio existencial con vehemencia y desesperación.

Ching Hai ejemplifica esto último refiriendo una historia muy interesante del budismo zen. Es una historia zénica muy vívida; quiero decir, verdaderamente eficaz en cuanto al mensaje. Consta en la página 36 del número 94 de la revista The Supreme Master Ching Hai News (Noticias de la Maestra Suprema Ching Hai).

La historia zénica que refiere Ching Hai es como sigue:

Un discípulo del zen pregunta a su maestro cómo puede alcanzar la iluminación; y su maestro le responde que deseándolo muchísimo; entonces el discípulo le pregunta qué es muchísimo: “Ah –le dice el maestro–, ven conmigo, acompáñame al río.”

Llegan al río y el maestro le indica al discípulo que meta completamente la cabeza debajo del agua, que la hunda bien en ella y que aguante la respiración. El discípulo le obedece, pero al cabo de medio minuto, necesitando respirar, quiere sacar la cabeza, pero el maestro inmediatamente se la vuelve a hundir. Entonces se inicia todo un forcejeo, de intensidad creciente, entre el discípulo que quiere sacar la cabeza y el maestro que no quiere que la saque. El discípulo traga agua, se desespera, patalea, comienza a sufrir de asfixia por sumersión, y cuando ya está ahogándose, el maestro lo levanta y lo saca fuera del agua. El discípulo, desfalleciente, extenuado, jadeante, llega a decir a su maestro, con voz entrecortada:

“Maestro, ¿por qué me ha hecho esto? Casi me ahogo, casi me muero.”

El maestro le dijo:

“Lo hice porque quería que te desesperes. Ahora entenderás que sólo queriendo desesperadamente la iluminación, la alcanzarás. Si no la buscas con desesperación, entonces jamás te iluminarás.”

Sépase que para quienes no lo sientan así, esto es, para las más de las personas, son enteramente válidas las consideraciones siguientes del célebre filósofo existencialista Jean-Paul Sartre:

“Estamos lejos de poder cambiar a voluntad nuestra situación –dice Sartre, en El Ser y la Nada (1943)–. Es más: incluso parece que no somos capaces ni siquiera de cambiarnos a nosotros mismos. Yo no soy ‘libre’ para escapar al destino de mi clase, de mi nación o de mi familia, ni para cimentar mi poder o mi fortuna, ni tampoco para vencer mis inclinaciones o hábitos más insignificantes. Yo nazco obrero, francés, con sífilis hereditaria o tuberculosis. La historia de una vida –cualquiera que sea– es la historia de un fracaso. [...]

“Antes que ‘hacerse’, el hombre parece ‘hecho’ por el clima y la tierra, la raza, la clase, la lengua, la historia de la colectividad de la que forma parte, la herencia, las circunstancias particulares de su infancia, las costumbres adquiridas, los grandes o pequeños acontecimientos de su vida.”

(Walter Biemel, Sartre. Barcelona, Salvat, 1986, 125.)

Gurdjieff decía con mucha razón que en nuestra vida hacemos los mayores esfuerzos para no hacer ningún esfuerzo. Certerísimo.

Desrutinizarse e iniciar el largo y trabajoso proceso de cambio ontológico y transformación existencial, resulta para el hombre común y corriente, es decir, para el 90 por ciento de la población mundial, algo tan escasamente atractivo como lo sería para un holgazán insigne huir prontamente ante la cercanía peligrosa de una víbora. En efecto, aquel siervo de la pereza, antes que esforzarse en huir, preferiría más bien preguntarse qué antídoto le convendría contra el veneno de víbora.

Sincerémonos: antes que renunciar a nuestra comodidad, preferiríamos abismarnos y perecer. Ni más ni menos que Baralt cuando despotricaba contra el vocablo gubernamental. “Todo se intente –decía–, todo se haga, menos escribir semejante vocablo, menos pronunciarle, menos incluirle en el Diccionario de la Academia. Antes perezca éste, y perezca la lengua, y perezcamos todos.” (Rafael María Baralt, Diccionario de Galicismos. Madrid, Imprenta Nacional, 1855, s.v. “Gubernamental”.)

Arthur Koestler (1905-1983) refiere que en cierta ocasión estuvo dispuesto a morir, pero no a renunciar (aunque era peligrosísima la irrenuncia) al calor y comodidad que le brindaba transitoriamente la casa de un amigo. La anécdota la ha contado el mismo Koestler y la ha divulgado Erich Fromm. Veamos lo que éste nos dice al respecto.

“En la vida –escribe Fromm– se requerirían cambios tan enormes, que la gente prefiere una catástrofe futura al sacrificio que tendría que hacer hoy. La descripción que hace Arthur Koestler de algo que le ocurrió durante la Guerra Civil Española es un ejemplo notable de esta actitud común:

“Koestler se encontraba en la cómoda quinta de un amigo cuando le informaron que avanzaban las tropas de Franco. Llegarían durante la noche y muy probablemente lo asesinarían. Podía salvarse huyendo, pero la noche era fría y lluviosa, y la casa tibia y cómoda. Resolvió quedarse y lo tomaron prisionero. Muchas semanas después, y casi milagrosamente, se salvó de morir gracias a los esfuerzos de algunos amigos periodistas.

“Así también se comportan los que prefieren arriesgarse a morir antes que someterse a un examen presumiblemente revelador de una enfermedad grave que requeriría de una operación de cirugía mayor.”

(Erich Fromm, ¿Tener o Ser? Decimotercera reimpresión de la primera edición en español. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, 29.)

1 comentarios:

  1. Hola Friedrik,
    Enhorabuena por tu trabajo.
    He intentado localizar tu email para escribirte, pero no me ha sido posible.
    Me gustaría saber si tienes en tus archivos algún escrito que el Dr. Denegri ha dedicado a la masonería. Y si tuvieras la gentileza de enviarmelo o publicarlo en tu blog. Gracias.
    Cordialmente,
    Gabriel.
    export.nyg@gmail.com

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