Pesimismo Ilustrado

“Lo vergonzoso no es nunca ignorar una cosa –eso es, por el contrario, lo natural–. Lo vergonzoso es no querer saberla...”. José Ortega y Gasset, citado por M.A.Denegri

sábado 21 de marzo de 2009

Empeoramiento irrefrenable


La vida debe ser fácil, nosotros nos dormiremos y relajaremos rodeados de los beneficios de la tecnología; ésta nos hará más fácil todo. Pero ¡claro!, nos lo hará todo más fácil pero también nos convertirá en seres más estúpidos. Delegamos todas o casi todas nuestras responsabilidades personales a un conjunto de aparatos que las realizarán automáticamente. El ritmo de vida cada vez más desenfrenado logrará que tengamos tiempo solo para cumplir con el “deber” y, este deber apremiante, convertirá a nuestra persona en su totalidad en demandantes absolutos de relajo y sosiego. Como humanidad seremos cada día más rápidos y eficientes con ayuda (¿o nosotros le ayudamos?) de nuestra tecnología pero como personas estaremos cada día mas agotados y desensibilizados. Esto, ¿sucedió, está sucediendo o sucederá? Tal vez nunca suceda ¿?.

Cuando se enfila las críticas hacia la condición de vida de la postmodernidad se le tilda a uno de retrógrado, conservador, tradicionalista, obtuso, etc. No obstante, cuando se propone señalar los inconvenientes de una adopción acrítica de los “beneficios” de la era tecnológica, no se establece como propuesta ni mucho menos como condición volver a formas de vida tales como los de la horda cuaternaria, sentados alrededor de un fuego, comiendo con las manos, cubriendo nuestros cuerpos con pieles y donde la tradición y el conocimiento sean transferidos única y exclusivamente de forma oral. Tampoco es que cada uno de nosotros tengamos que convertirnos en unos ascetas contemplativos y nuestros pasatiempos principales sean leer La Ilíada y La Odisea en griego o dedicarnos al arte de cultivar bonsáis. No, esa no es la idea. No hay que radicalizar el asunto pero eso es lo que se está haciendo cuando o se defiende a ultranza el desbande tecnológico o se propugna la vuelta a formas de vida prehistóricas.

Por otro lado, algunos dirán: “No es acaso necesario para el logro de la tecnología un estudio dedicado, una investigación permanente y una experimentación acuciosa. ¿Cómo se puede decir que seamos más estúpidos si se han logrados tecnologías impresionantes?” Pues suceden dos situaciones. Lo primero es que los que estudian, experimentan e investigan la tecnología son un minúsculo grupo de personas comparada con la millonada que las utilizan y las adoptan –a ciegas– en su vida cotidiana. Lo segundo es que una cosa es desarrollo tecnológico y otro desarrollo personal. Ambas avanzan a velocidades totalmente desfasadas. Mientras mayor es el avance de la tecnología mayor es el avance de la impersonalidad, y no hay nada que hacer si uno no se ha dado cuenta antes de que ello sucede así. Ya Konrad Lorenz había dicho en su obra Los Ocho Pecados Mortales de la Humanidad Civilizada de 1973: “La competencia de la Humanidad consigo misma que propulsa el desarrollo tecnológico en perjuicio nuestro, ofusca a los hombres en la apreciación de todo valor auténtico y les arrebata el tiempo que deberían dedicar a la genuina actividad humana de la reflexión”. En un artículo dedicado a analizar la obra antes mencionada Nicanor Ursúa (Ludus Vitalis, vol. XIII, num. 24, 2005, pp. 165-180) nos dice “Ya se ha señalado la capacidad de reflexionar, hoy un valor en extinción, que tiene el ser humano y cómo esta capacidad humana se ha de desarrollar para analizar la totalidad en su conjunto, pues ‘un ser que cesa de reflexionar se arriesga a perder todas las cualidades y aptitudes específicamente humanas’ (Lorenz, 1973). Ante la brutal competencia, tanto individual como colectiva a la que asistimos, sólo se puede proceder, según Lorenz, ‘mediante medidas revolucionarias o, por lo menos, mediante una transmutación aleccionadora de todos los valores aparentes que hoy tanto se veneran’. Ante el tener hay que potenciar el ser y educar en valores universales para el desarrollo integral de la persona”. Así estamos señoras y señores. Por un lado, respecto a la tecnología, o sea, al conjunto de habilidades que nos permiten construir objetos y dejar de manera diferente el medio ambiente, brillamos como el Sol. Por el otro, en lo referente a su relación consigo mismo y con lo demás, el ser humano, sigue siendo tan precario como hace diez mil años: violencia en su máxima expresión (nos hemos vuelto artistas en lo referente al aniquilamiento masivo; sin embargo, de cuando en vez y aisladamente volvemos a nuestros métodos primitivos de asesinato para no aburrirnos en la monocorde acción de apretar gatillos y botones), muestras aterrorizantes de obsecuencia y sujeción y todo tipo de discriminación y aislamiento, éstas últimas tan propias del reino animal del que tanto ansiamos diferenciarnos pero al que todavía pertenecemos y con honores. Podríamos decir que relacionándonos con lo impersonal somos eficientísimos; relacionándonos con los demás somos deficientísimos. En palabras de N. Ursúa “Si el desarrollo científico-tecnológico rebasa la capacidad de desarrollo moral y ético, ¿podremos subsistir? ¿No ha llegado la hora de hacer ya algo para que podamos vivir en un mundo más humano y pasemos del pensamiento a la acción, una acción llena de valores humanos y sociales?”.

Los que hayan leído o escuchado a Andrés Oppenheimer sabrán a que me estoy refiriendo. Su último libro Cuentos chinos es una apología a la globalización. El libro tiene una redacción clarísima pero enseguida se pueden encontrar algunas fallas de argumento: el autor es un defensor ferviente de la globalización, no menciona ni una sola desventaja acerca de ella (y vaya que las hay) y ¿del daño al medio ambiente? Nunca habló de ello. Para Oppenheimer, China es el prototipo perfecto de crecimiento pero ¿acaso todos los países del mundo pueden crecer, así como están las cosas? Y más aún ¿crecer indefinidamente? Pocos podrían sostener que el autor es imparcial, aunque es seguro que esa no haya sido su intención. Los nombres de algunos de los capítulos de su libro hablan por sí solos: “Más técnicos, menos sociólogos” o “Sobran psicólogos, faltan ingenieros”. Pienso que tener ingenieros y tecnólogos por doquier no es una solución. Pero tener psicólogos a borbotones tampoco. En última instancia, convertirnos en un país con crecimiento tecnológico no tiene porque ir indesligablemente unido con la disminución de profesionales de las ciencias humanas y sociales. Es probable que con más ingenieros y menos sociólogos, en un país con el nivel educativo como el nuestro, las cosas vayan iguales o peores. No es cuestión de cantidad sino de calidad (decir esto ya es fastidioso, escucharlo mucho más). Podríamos revitalizar el sistema educativo, desarrollar investigación novedosa, hacer que los jóvenes se interesen por la universidad y por la excelencia académica, preocuparnos por el mérito y no por la asonada y es probable que las cosas vayan mejor. Que los mejores no se vayan porque lo necesitan y que se queden porque aquí también les irá bien. Y por último pues: ¿Por qué hay más estudiantes de ciencias humanas, ciencias sociales, derecho y menos estudiantes de ingeniería? Discutamos en torno a esta pregunta y vayamos a ver las conclusiones…

El empeoramiento de la condición humana es algo patente. Si no lo aceptamos es porque no queremos, le echamos tierra y nos vamos a dormir. Pensemos a donde queremos llegar, pensemos que a veces la ciencia ficción ya no es tal y pensemos porqué entre unos y otros nos llevamos tan desastrosamente y porqué con piedras, metales o cualquier cosa inorgánica tenemos una relación espléndida. Nietzsche, en su Humano, demasiado humano, decía: El que nos encontremos tan a gusto en plena naturaleza se debe a que ésta no tiene opinión sobre nosotros. Esperemos que no sea la explicación del porqué sucede todo esto, si fuera así no habría más que resignarnos.

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